01 diciembre 2020

El año que regresamos a casa, 2020.

2020 el año que nos trajo de vuelta a casa. Hace solo unos diez meses atrás meditaba en la cantidad de horas que pasamos -mi esposa y yo- fuera del hogar atendiendo las actividades laborales cada semana, y la suma de todas esas horas fácilmente sobrepasaban las 40 horas semanales, una tendencia que no busca disminuir, al contrario busca elevarse. ¿Qué más hacemos si cada mes se requiere atender más facturas del gasto familiar? En consecuencia el tiempo de descanso diario, y el tiempo de los fines de semana familiares había venido a ser mínimo. Estábamos corriendo el riesgo de pasarnos toda la vida trabajando, y sacrificando la calidad de vida personal, de pareja y familiar.

Nadie imaginó todo lo que estábamos por aprender, nadie lo olfateo a la distancia ni lo miró a lo lejos mientras se escuchaba en los medios que un nuevo virus en Asía empezaba a enfermar y matar a la población.

Cada época de la vida trae consigo un paquete de demandas para cada familia de clase media, aquella que lucha duro por alcanzar la promesa de lograr un mejor estilo de vida, o al menos, mantenerlo. En nuestro caso, recuerdo que hubo algunos años donde el presupuesto familiar invertido en la educación alcanzó el 80% de nuestro ingreso total, sumado a otros fuertes compromisos financieros. A pesar de haber calculado los tiempos para ir saliendo de éstos, muchas variables fuera de control afectaron los tiempos que te habías programado, y se hizo más difícil.

En marzo de 2020 las caras de la moneda dieron un giro. Fuimos enviados a casa para mantenernos alejados del contagio del Covid-19. Así que dejamos de ir presencialmente a nuestros trabajos; sean oficinas, talleres, estudios, aulas, laboratorios, tiendas, etc. Tampoco pudimos ir a los bancos por muchas semanas a cubrir los compromisos adquiridos, nuestros créditos sufrieron modificaciones -no consensuadas- y recibimos información incierta de nuestros líderes, los alimentos que habíamos logrado almacenar iban llegando a su fin y había que proveer. Fue un tiempo de gran incertidumbre, hubo muchos cambios, todo pasaba en poco tiempo, fue casi violento.

Aprendiendo muchas cosas sobre bioseguridad. Hemos comprado nuevos químicos desinfectantes para el hogar y el carro familiar, hemos llevado mascarillas en público fuera de casa durante todo este periodo especial de la pandemia, utilizamos guantes de látex, toallitas desinfectantes, frascos y frascos de Lysol y otros desinfectantes similares, lavamos los billetes, lavamos el plástico de la tarjeta de debito aunque sea sin contacto, lavamos las bolsa de las compras, desinfectamos nuestro calzado al regresar a la casa, nos lavamos las manos con mucha mayor frecuencia, ya no podemos comer en lugares públicos; ahora los alimentos se compran para llevar a casa. Ahora también desinfectamos el teléfono, el reloj de pulsera, la cartera o bolsa, si es posible nos cubrimos el cabello. Nos volvemos a bañar cada vez que regresamos a casa, lo que conlleva más ropa al cuarto de lavado. En fin, hay una lista nueva de productos y accesorios desechables que se han sumado a la lista de compras de cada semana. 

Tenemos mayor dependencia de nuestro teléfono y de las computadoras. Si es el caso tuyo también desde tu casa realizas muchas labores del empleo en un horario amplio, y algo parecido pasa con las clases de tus hijos que estudian en una versión de cursos presenciales en línea. Y también habrás notado desde hace unos meses se necesitan más computadoras en la familia, lo que a su vez aumentó el consumo del internet domestico. El entretenimiento que buscabas fuera de casa ya no está disponible, ahora utilizas más las pantallas planas para ver contenidos audiovisuales en múltiples y variadas plataformas de video streaming,  y de podcasting, y a veces también hasta para ver la televisión. Así que el WiFi y los espacios de casa se han convertido en un escenario de lucha para que todos puedan, a la vez, atender sus deberes. Pero no termina allí, al finalizar los deberes vemos como cada vez más nuestros hijos atienden su vida social a través de vídeo llamadas en grupo, realizan juegos en línea entre primos y compañeros, y hasta se reúnen para ver películas de forma síncrona para parecer que fueron juntos al cine. Entre otras cosas, también nuestras visitas semanales al templo se han adaptado a video conferencias y a emisiones por streaming a través de las redes sociales, aprendimos a visitar al médico también a través de Zoom y a pagar la consulta en línea.

Otras familias no han pisado con sus pies una tienda o un súper mercado en los últimos meses, no es nuestro caso, éstas se han vuelto diestras en realizar sus compras en línea y las reciben en la puerta de casa o bien, o solo pasan a recoger su paquete de víveres  a la entrada del súper sin bajarse del carro familiar. Muchos emprendedores han puesto al día sus ventas de productos básicos casa por casa. Ahora gracias a los ambulantes completamos las compras en la puerta desde su vehículo, y de esta manera evitamos también salir de casa. Nos ha tocado aprender a lidiar con la banca en línea; con sus virtudes y problemas, ya no es una opción más, ahora se ha convertido en la manera de resolver. Ahora hacemos muchas transferencias electrónicas, más de las deseadas, para resolver casi cualquier necesidad de pago.

El tele trabajo o trabajar desde casa. Eso de trabajar solamente desde casa no es posible en su totalidad, así que no siempre podemos evitar asistir a nuestro lugar de trabajo por algunas semanas, o recibir alguna que otra visita familiar en casa, o salir a la tienda más cercana a comprar algunas cosas urgentes. Guardar químicamente puro el distanciamiento físico o social tampoco ha sido posible pues siempre habrá que enfrentar situaciones que no lo permiten. Lo que -posiblemente- te ha llevado a pasar por algún susto, y has terminado junto a tu familia haciéndote las pruebas rápidas o las PCR para verificar que esos síntomas que ya todos conocemos de memoria resultaron no ser positivos. Resulta que en casa se atienden las labores de la oficina, las clases de los hijos, las compras, las consultas médicas, las visitas al banco, el entretenimiento, las visitas al templo, en fin. Y todo, ocurre dentro de un espacio que solo fue diseñado para ser un espacio familiar.

Las tormentas y las inundaciones. El periodo especial de confinamiento en casa no vino solo, nos visitaron los huracanes ETA y IOTA uno, detrás del otro. Nos trajeron más agua de lluvia de la que necesitábamos al inicio del año; cuando las represas agonizaban por la sequía. El agua llenó ríos, y las casas, en muchas aún no termina de salir, todavía no es posible empezar de nuevo. El hombre solitario que se reeligió gracias al voto rural y la curva Watson no tiene ideas, ni finanzas y hace cadenas nacionales de radio y televisión para tratar de calmar el dolor, el frio, el hambre y el temor de los que lo han perdido todo. El mundo entero tiene problemas con sus propias finanzas gracias a lo prolongado de la pandemia, y la solidaridad internacional puede hacer muy poco ante el tamaño de la necesidad y su urgencia.  Al la mitad del 2020 ya casi no había trabajos, ahora tampoco quedan casas. Solo quedan muchos sueños arrastrados bajo el agua. No podían faltar los molestos y ruidosos helicópteros sin razón, resuenan sobre nuestra cabeza los helicópteros vacíos -sin ayuda- que pasan varias veces al día dando vueltas inútiles, y otro poco por la noche. Vuelan sobre nuestros techos e interrumpen nuestras vídeo conferencias de trabajo y de la escuela, nuestras platicas. Nadie sabe qué hacen a ciencia cierta.

Este año se nos fueron miles de personas o quizás millones, se fue Ennio y también Diego. Los aprendí a distinguir del resto a través de la pantalla; en la gran pantalla y en la chica. A Ennio Morricone, lo admiré en principio por la banda sonora original para los spaghetti western y por La Misión, y desde entonces para cada audiovisual del cine al que él le diseñó alma propia. A Diego Armando -el 10, el pelusa- jugando con una pasión nunca antes vista, haciendo cosas que no había visto en directo, lo descubrí en la pantalla chica del televisor, en la emisión de la FIFA world cup de México 1986, a pesar de solo medir 1.65 metros; era un grande en la cancha, y cuando hacía falta; él solo se daba una mano.

Déborah en casa de sus abuelos en Danlí, El paraíso.

Despedir a los nuestros. Nunca estás completamente preparado para despedirte. Cuando has crecido con alguien, y vivido con alguien prácticamente toda tu vida, cuando ese alguien ha sido literalmente tu hermana mayor a lo largo de tu existencia, cuando has respetado a esa persona en sus mejores momentos como en sus peores momentos, cuando seguiste respetándole estando en total acuerdo como estando en desacuerdo, en sus aciertos, como en sus desaciertos. Cuando te has acostumbrado a ver a esta persona llena de energía, y de pronto ves como una enfermedad le va robando su sagacidad, su chispa, su fuerza, y poco a poco se va apagando su brillo. Hasta llegar al momento en que observas su cuerpo cuando es entregado a la tierra de donde nos formaron, y solo tienes unas pocas horas en ese mismo día para asimilar todo y tratar de decirle hasta pronto con un nudo en la garganta que filtra el ímpetu de tu aliento, atrapando tus palabras y tu dolor. ¡Hasta luego Déborah! Una parte de nosotros se va contigo. Observar y sentir como la forma de tu familia va cambiando al pasar de este año. Aprendimos a lidiar con los sentimientos que tratan de derrumbarte. Solo esto hace que este año sea muy difícil de olvidar.

Mi hermana colaborando en el emprendimiento de sus abuelos.

Este año 2020 nos dejó más. Hemos aprendido a revalorar muchas cosas, el espacio que habitamos, nuestro hogar, la vida y la muerte, los amigos y la familia a pesar de la distancia, y los errores del pasado. El tiempo -cada segundo- ahora tiene otro valor; pasamos de casi no tenerlo; a tener de sobra, pasamos de vivir separados a convivir juntos, a comer juntos, a trabajar y estudiar juntos. Muchos extrañan correr (y regresar infinitas veces en solitario) durante todo el día como una canica -mable- dentro de una caja llevados alocadamente por las fuerzas externas a través de todas las esquinas. Otros atesoramos que nos dio la excusa para volver al hogar.

¿Qué trajo, qué se llevó, qué cambió este inolvidable y sorprendente 2020 a tu vida, y a tu entorno? ¿Qué estamos haciendo para aprovechar todo el tiempo que de pronto ahora tenemos?

Qué estés bien,



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